“En verano hay que pasar calor y en invierno frío”. Seguro que alguna vez habéis escuchado e, incluso, dicho esta máxima de la sabiduría popular. Y es cierto, la época estival es período de calores, mientras que en invierno el frío es la constante. No obstante, una de las grandes luchas de la humanidad a lo largo de su historia ha sido para revertir esta situación y lograr lo que se conoce como confort térmico o confort higrotérmico,  es decir, conseguir estar a una temperatura en la que nuestro cuerpo no tiene que poner en marcha ninguno de sus mecanismos de termorregulación para estar a gusto.

Desde el Homo Sapiens que construía precarios refugios para resguardarse, hasta el moderno ciudadano que enciende sin pudor el aire acondicionado a 18ºC de temperatura, el ser humano siempre ha buscado mejorar las condiciones de su entorno para disfrutar  de ese grial que es el conforto térmico. Sin embargo, y aunque  habitualmente lo relacionemos con temperatura, hay muchos factores que influyen a la hora de alcanzarlo: la radiación (o ausencia de ella) de los materiales que nos rodean, sobre todo de la envolvente del edificio; la temperatura ambiente del aire; su velocidad, que será provocada por una convección del aire debido a las distintas temperaturas del mismo, las temperaturas superficiales de los cerramientos de la estancia, y la humedad del ambiente.

Entonces, si hay tantos factores que influyen en su consecución, ¿por qué se ha establecido –casi de manera oficial– que la temperatura de confort es de 21º en invierno y 25º en verano?

Esta convención tiene que ver con que se ha relacionado la temperatura del aire con la humedad del mismo y se puede hablar  de que el punto de confort se encuentra en torno a los 21ºC para una humedad relativa del 50% –que puede tener alguna pequeña variación para las distintas

estaciones a lo largo del año–.  Además, dicha temperatura debería ser “constante”, es decir, la  diferencia con las temperaturas superficiales de la estancia debería de ser mínima, ya que de lo contrario se provocaría convección en el aire, originando una temperatura estratificada y una sensación térmica de temperatura diferente a la del centro de la estancia… y ya no tendríamos esa sensación de confort en toda la habituación.

El confort térmico se puede calcular con la siguiente fórmula:

sensación térmica= temperatura del aire  + temperaturas medias superficiales                                                                                                                                        2

¿Cómo puedo conseguir el confort térmico?

El aislamiento es la clave. Para conseguir las condiciones descritas en el párrafo anterior, las normativas de construcción establecen la necesidad de crear una envolvente térmica adecuada, es decir, aislar apropiadamente. También se recomienda tener una estanqueidad al aire interior con la debida ventilación mecánica y su recuperación de calor, que garantizará la salubridad del aire que se respira. Todo ello está regulado por la norma ISO 7730.

En el mercado encontramos diversas soluciones para lograr este objetivo. Para mejorar el aislamiento de la cubierta, logrando mejorar la temperatura en el interior de la vivienda y, además, protegiendo del viento y la lluvia, nosotros recomendamos los sistemas Tectum®-Pro y Tectum®-First. Sus altas prestaciones térmicas, así como su durabilidad los convierten en grandes aliados para mejorar la envolvente en la cubierta y lograr el confort térmico.

firma Jose hermindo Prieto

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